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María Alejandra Nariño

22 sept
6 min de lectura

Movimiento Cósmico

Colaboradora

UNION: Espacio de prácticas



Un libro: Mujeres que corren con los lobos, Clarissa Pinkola Estés

Una canción: Redemption Song, Bob Marley (la canción para mi funeral)

Un hábito: Dar gracias por las cosas pequeñas 

Una parte del cuerpo: Los Ojos y El Corazón

Una frase: Somos la poesía danzante del caos

Un animal: El Gato

Un elemento: La Tierra

Un arquetipo: La Muerte o La Sacerdotisa

Un momento del día: La media noche del sol

Postura favorita: Postura de rezo

Consejo práctico: Sonreir apenas nos despertemos


¿Quién es María Alejandra?

Esa pregunta me pone nerviosa, porque tengo una respuesta amplia. Siento que María Alejandra es todo y nada. Es la chispa, es la creación, son las historias.


María Alejandra es el “yo soy”, y esto constituye la totalidad.


También soy madre. Ese rol me define porque está clavado en mi corazón. Me ha hecho expandirme y crear infinitamente.


Soy un ser que juega y se expande.

¿Qué busca María Alejandra?

Ha habido muchas búsquedas: ser buena madre, buena amiga, entender mis contradicciones… Soy un ser muy dual, que vive intensamente las vidas y las muertes. He estado en tensión constante conmigo misma, pero cuando me haces esa pregunta, definitivamente reconozco que María Alejandra lleva mucho tiempo buscando la paz: conmigo, con los otros, con el mundo.


¿Cómo definirías la paz?

Para mí, el concepto de paz es presencia absoluta: entregarnos a lo que estamos viviendo. 

Mi alma busca cómo abordar esto, no solo para mí misma, sino también cómo extenderlo hacia los demás. ¿Cómo podemos, juntos, estar en paz? ¿Cómo logramos llegar a un mayor balance?


Esto me impulsa a hacer cosas para mejorar el estado del ser, su existencia. Es una eterna búsqueda de cómo abordar el sufrimiento. No hay luz sin oscuridad; hace parte del juego. Pero, entonces, ¿cómo podemos vivir lo que hay que vivir -lo agradable y lo no tan agradable- desde un lugar más sano?


Poder encontrar la comodidad con quien es uno y con lo que viene. Creo que tiene que ver con soltar el control, con no querer intervenir en todo, sino entregarse en paz.


¿En qué situaciones de tu vida has encontrado esa paz?

He encontrado la paz en muchos momentos. Cuando me convertí en madre, la encontré, en mi hijo. Ha sido un rol de contrastes -arribas y abajos-, pero, sin duda, la maternidad me regresa al centro. Ahí he reconocido que todo es perfecto y que uno tiene lo que tiene que tener.


La paz también la encuentro en la naturaleza. Siempre vuelvo a ella, no importa lo que esté pasando. Una hoja, el río, la flor… son el ancla, el suspiro de paz que me devuelve aquí.


¿Cómo entiendes lo divino?

Creo completamente en la divinidad. Para mí, constituye la magia; es la creación. Somos parte de la divinidad. Nunca la he visto como algo lejano a nosotros.


Yo soy devota a una piedra, a las plantas, al cielo; creo en el lenguaje de los planetas… Para mí, todo es.


La divinidad es el momento en el que nos encontramos, nos recogemos a través del reflejo de lo que tenemos enfrente. Sea el nombre que uno le ponga, creo que es una conversación constante con uno mismo. Es el juego de salir y entrar en nosotros.


*Ilustración por Arty Guava


¿Cómo llega a gestarse la práctica en tu vida?

El movimiento, en general, ha sido un salvavidas. En esos ires y venires, de mucha contradicción, de reconocerme como una persona neurodivergente, encontré mucha dificultad en cómo habitarme, en existir. Buscaba mucho la quietud. Reconozco que también es una medicina muy poderosa; sin embargo, mi cuerpo necesitaba mover las emociones que me ahogaban.


En el movimiento he podido encontrar un camino de liberación, de verme de cara, de frente, con lo que atravieso. De jugar a meter, sacar, revolver lo que sea que me habita.

Siempre quise ser bailarina, cantante, pero nunca ahondé lo suficiente porque no me sentía lo suficientemente profesional o bailarina… Pero, conforme han pasado los años, la música, la noche y el baile han sido una compañía constante..


La fiesta me encantaba por el baile. Soy amante del drum and bass, y en estos espacios encontré muchas respuestas conmigo misma. El beat lo asimilo como el beat de mi corazón, de mis pensamientos, de mi sangre, de mis aguas. Me llegaban insights muy claros y ahí entendí que era mucho más que la fiesta.


Al incorporar el movimiento de forma más consciente, se empezaron a abrir más oportunidades. Cuando viví en la Sierra, me acerqué al bullerengue y entendí que esa era mi medicina, y que compartirla con otros era grandioso.


Luego surge Movimiento Cósmico, una práctica que se gesta en conjunto con UNIÓN y que busca unir el arriba con el abajo. Ha sido encontrar la forma para que toda la magia que nos rodea logre aterrizar en el cuerpo y ser compartida en compañía de otros seres.

Ha sido un experimento muy hermoso, donde nos hemos permitido reír, llorar, atravesar música de todo tipo y comprender cómo, al estar parados sobre una roca en la mitad de la nada, todo lo que nos rodea nos impregna con su energía y presencia.


¿Qué te ha entregado la práctica?

Me ha hecho entender que no estaba tan loca (risas). 


Que, definitivamente, todo tiene que ver con todo.


Si uno observa lo que muchos maestros y tradiciones han observado antes y lo aterriza en el cuerpo, se da cuenta de que la relación es muy real. Entender las fases de la Luna, por ejemplo, es un gran método para medir nuestra energía.


Bailar es una forma de bajar a la 3D la información. Es darse cuenta de que todo está hilado. Si bien estamos reflexionando sobre algo “exterior”, ¿qué correspondencia tiene eso en el aquí? (señala la tierra).


Por eso incluyo las plantas: las cosas pequeñas contienen los mensajes más poderosos.

Esta práctica, definitivamente, ha sido hilar todo lo que amo -el movimiento, las plantas, la magia- en un espacio que lo une y lo permite todo.




¿Qué podría esperar alguien que llega a tu práctica?

Podría esperar diversión. No todas las prácticas, para ser serias, deben ser súper solemnes. Muchas lo son, pero me gusta mantener la alegría, la simplicidad.


Me siento un ser muy unido a mi niña interior. Toda la vida pensé que tenía que superar a esa niña, ser grande y seria, pero he entendido que honrar a esa niña hace parte de mi magia. Me gusta abordar la seriedad desde el juego.


Movimiento Cósmico abre un espacio para la hermandad, para la seguridad, para expresarnos y permitirnos estar felices, tristes, cercanos. Nos permitimos que el otro nos vea.


Este es el lugar preciso donde la vergüenza pasa a un segundo plano e invita a otras versiones de nosotros.


En medio de la diversión, lo importante es recordar que siempre tenemos que volver a nosotros.


¿De qué manera el haber sido maestra de niños influye en tu forma de abordar la práctica?

La enseñanza debe ser didáctica. La pedagogía debe ser un espacio para la comodidad. Para que un niño conecte contigo, te tiene que ver realmente.


Cuando las máscaras se caen, surge la oportunidad para expresarnos auténticamente, para mostrarnos.


En muchos momentos me cuestioné si solo tenía talento para enseñar a niños por mi sentido del humor, mis formas, mi energía. Me daba miedo encontrarme en espacios con adultos. Pero este ejercicio con adultos ha sido recordar que todos somos niños al final.


Los niños están más cerca de la verdad. Mientras crecemos, nos llenamos de conceptos, de ideas, de límites… Por eso, salvaguardar ese niño que llevamos dentro es importantísimo.


Pensemos en el ciclo de la vida: de niños, a adultos, a viejos. El niño interior es el último que muere.

¿Algo más que te gustaría expresar?

Una de las reflexiones profundas que he tenido en mi vida ha sido reconocer que el tejido donde todo tiene que ver con todo está contenido por la gratitud.


Cuando uno logra conectarse con la gratitud, surge la chispa de la paz.


Merecemos estar aquí, sea por la razón que sea.


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