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Krishna Vayu

9 feb
7 min de lectura

Actualizado: 11 jun

Co-fundador UNION: Espacio de prácticas

Servidor y practicante

Muay Thai + Hatha Raja Yoga





Un libro: No soy mucho de leer, pero el libro que me cambió la perspectiva es el Bhagavad-Gita

Una canción: Muy difícil resumir todo en una canción… La partida, Victor Jara

Un hábito: Tener presente la mayor parte del día el sonido de la respiración

Una parte del cuerpo: Una parte del cuerpo que existe y que no existe, la mente

Una frase/frase: El Buddha después de iluminado debe tender su cama

Un animal: Soy devoto de las serpientes, la Naga

Un arquetipo: El loco Sagrado

Un momento del día: Dos momentos del día, el momento justo antes de entrar en sueño profundo y antes de despertar.


¿Cómo te presentas al mundo?

El nombre que escogieron mis padres es Mario Andrés Rincón Piñeros. El que he adoptado en el viaje del gran misterio de Dios es Krishna Vayu.


Este nombre surge de la necesidad de desidentificarme de mi primer nombre y comprender que ese también es un personaje. Puedo tener millones de personajes, pero existe un avatar con el que me conecto a algo superior. Krishna Vayu significa “viento oscuro”: el viento oscuro que recorre tu cuerpo y sostiene la vida.


Llevo diez años practicando artes marciales y once años practicando yoga.


¿Sobre qué fundamentos te eriges?

El fundamento sobre el que me sostengo es entender que la vida es un juego.


Ese juego consiste en buscar constantemente el balance en todos los aspectos de mi vida. Sin embargo, ese balance está en permanente transformación porque todo cambia.

Aplicamos la impermanencia y, si todo está cambiando, mi equilibrio también cambia.


La meta final del juego es darse cuenta de que no existe ni el juego ni el jugador.



Desde esa concepción, ¿cómo abordas la espiritualidad?

No me gusta mucho el término espiritualidad. Prefiero hablar de vivencia.


No se trata únicamente de pensar en el universo del espíritu o de la materia, sino en el conjunto. Ese juego, que no tiene meta ni jugador, posee ciertos parámetros: implica jugarlo de la forma más profunda e inmersiva posible.


Nada debería ser rechazado por completo y nada debería ser alabado absolutamente.

Todo merece ser experimentado y cuestionado hasta cierto punto. Esas son las reglas del juego.


La presencia y la conciencia desde las que habitamos este momento son dominantes. Me refiero al plano material, que también contiene lo espiritual. Esta realidad es la que domina nuestra experiencia y, por ello, debemos vivirla y disfrutarla en todos sus aspectos más físicos.


En este momento somos más materia que cualquier otra cosa; al menos, ese es nuestro nivel de conciencia predominante. Por eso debemos aprender a gozarnos la experiencia desde aquí, evitando caer en bypasses pseudoespirituales.


¿Cómo extiendes la práctica a los demás? 

No creo demasiado en el lenguaje ni en las palabras.


En algún punto de la evolución, la conciencia necesitó encontrar formas de expresarse y comunicarse; por eso surgió el lenguaje. Sin embargo, también genera mucha confusión.

La práctica, en esencia, es la vivencia misma. Es vivir.


No somos singularidades aisladas. Somos interdependientes de nuestros antepasados y también de los linajes que continúan después de nosotros. Existe una continuidad del vivir que no pertenece únicamente a la raza humana, sino a la conciencia en general: los elementos, la naturaleza, los astros.


Esa continuidad requiere una transmisión energética, y uno de los propósitos del ser humano es sostenerla.


Una de las formas de hacerlo es compartiendo la vivencia.


Cuando una madre o un padre crían a un hijo, están extendiendo esa transmisión. No tiene que ver necesariamente con el yoga ni con una escuela específica. Es una cuestión de supervivencia y, para mí, constituye uno de los fundamentos más básicos de este plano.

Este plano contiene todas las sutilezas de los demás, pero debemos empezar por disfrutarlo y experimentarlo.


La práctica abarca muchísimas cosas, y el ser humano cuenta con una herramienta maravillosa: el arte.


Enseñar arte es transmitir la experiencia humana. No hace falta ser un gran maestro. Una madre, un padre o cualquier persona puede compartir comprensión a través de la música que escucha, de cómo baila, de cómo cocina.


Incluso cuando no existe esa figura parental, el ser humano siente la necesidad de explorar estas dimensiones. Por eso la transmisión está en todas partes.


Las prácticas de yoga comparten un mismo eje: la liberación de la condición humana.

Para mí, liberarme es dejar de creer que Mario Andrés Rincón Piñeros existe como una identidad absoluta. Esa es una idea construida.


La libertad consiste en permitir que la vivencia suceda a través de mí sin necesidad de identificarme completamente con ella.

Eso es la libertad.


¿Por qué es importante la práctica?

La palabra práctica es una etiqueta. Para algunas personas ofrece estructura; para otras, no es necesaria.


La práctica no se define por un momento específico, sino por la vivencia cotidiana.


Debe existir una atención constante hacia mis emociones, mi cuerpo y mi manera de observar el mundo. Esa constancia es la que me permite experimentar una sensación de libertad frente al sufrimiento.


La práctica formal —ir a un lugar y realizar ejercicios físicos, mentales o respiratorios— es una repetición que prepara el cuerpo y la mente. Pero aplicarla en la vida es la verdadera práctica.


Dejo de pensar que la práctica ocurre únicamente en un espacio especial. Ese es apenas el primer paso: gatear.


Caminar ocurre cuando la integración es tan profunda que toda la vida se convierte en práctica. Todo el tiempo hay presencia en la energía, en las posturas, en los actos, en los juicios y en múltiples dimensiones simultáneamente.


Es participar del baile energético entre conciencia y presencia; el juego del caos.



¿Cómo se unen las artes marciales y el yoga?

Si el juego consiste en buscar balance, cuando inicié este camino apareció primero el yoga.


Mi primera práctica estuvo relacionada con la meditación y la devoción.


Mientras ese proceso se desarrollaba, sentía que mi cuerpo requería otro tipo de trabajo para sostener mis deseos y mi energía. Entonces apareció el boxeo tailandés, desde una perspectiva ligada a la competencia, la confrontación, el culto a lo físico y la victoria.


Dos caminos aparentemente opuestos comenzaron a encontrarse.


Gracias a la mirada que me ofreció el yoga y a la posibilidad de observar mis propias tendencias, comprendí que ambos estaban profundamente conectados.


La presencia, la respiración, la compasión, el caos, el dolor y el sufrimiento se manifiestan en ambos universos.


Entendí que la realidad se presenta de manera dual y que el juego consiste en encontrar el punto medio.

Allí comenzó mi juego personal: unir ambas prácticas.


Cada persona encuentra ese equilibrio de formas distintas, pero muchas veces el proceso está mediado por las artes.


La agricultura es un arte. La ingeniería es un arte. Cocinar es un arte. Cortar el cabello es un arte. Escuchar es un arte. Hablar es un arte.


Mi arte fue unir el arte marcial con la comprensión del yoga. De ese diálogo, enriquecido por mis experiencias, surgió la enseñanza que comparto hoy.


¿Puedes profundizar en cómo entiendes los conceptos de caos y dolor?

Dolor y caos están profundamente relacionados.


El caos es el estado natural del universo, pero es un caos que existe en equilibrio. Para que ese equilibrio sea posible deben coexistir polaridades moviéndose a diferentes ritmos.


Cuando el ser humano no comprende esta dinámica, deja de fluir con el movimiento natural de la existencia y aparece el dolor.


Surge porque creemos que las cosas deberían ocurrir de determinada manera. Nos aferramos a la rigidez, al control y a ciertas expectativas.


Cuando el caos inevitablemente se presenta y no estamos preparados para recibirlo, aparece el sufrimiento.


Más allá de si el sufrimiento es opcional o no, existe una incomodidad inherente a la existencia. Puede ser física o sutil, pero está presente.


Gran parte de esa incomodidad surge de nuestra dificultad para comprender los ciclos.

Los ciclos están en todas partes.


El más sencillo de observar es la respiración. Después aparecen otros: los ritmos cardíacos, el día y la noche, las estaciones, los ciclos lunares y solares.


Y seguramente existen muchos más que todavía no comprendemos.


Pero basta con entender algunos para reconocer que todo se mueve en ciclos y que esos ciclos operan a diferentes velocidades.


Eso es el caos en equilibrio.


¿Por qué crees que existimos?

No sé por qué existe el universo.


Mi teoría es que algo —o alguien— estaba demasiado aburrido y necesitaba jugar. Entonces creó la división.


De la unidad surgió la separación.


Y el juego universal consiste en volver a reunir las piezas de ese gran rompecabezas.

El ser humano forma parte de ese juego.


Nuestra naturaleza, como la de todo lo existente, es desaparecer. Puede ocurrir como individuos o como especie, pero ocurrirá.


Lo importante no es lo que le suceda a la humanidad. Lo importante es que, durante esta pequeña iteración de existencia, vivamos plenamente la experiencia humana: lo bello, lo difícil, lo divertido y lo doloroso.


Y que entendamos que vamos a morir.


Todo aquello que aprendamos durante el recorrido tiene el propósito de ser compartido.


No necesariamente todo, pero sí aquello que podamos transmitir.


Somos conductores de energía.


Una lección que te haya marcado.

No es una enseñanza que yo catalogaría exclusivamente como espiritual, aunque también lo sea.


Me fui a vivir al extranjero y cambié por completo todo lo que creía ser.


Fue un proceso de autodestrucción consciente para experimentar el silencio, volverme un desconocido e intentar observar cómo ese personaje que había construido podía desaparecer de un instante a otro.


Me escapé para vivir esa experiencia, y eso abrió una comprensión muy profunda.



¿Por qué UNIÓN?

UNIÓN existe porque es la manera en la que quiero pasar mi tiempo en esta vida.

Es mi forma de jugar con otras personas, aprender de ellas y compartir lo que sé.

Es dedicar mi tiempo a enseñar y, al mismo tiempo, seguir aprendiendo.


Intento ser un pequeño faro en un universo cuya naturaleza es oscura, como el espacio mismo: inmenso, denso y profundo.


Pero precisamente por eso existen los contrastes: la luz, la esperanza, la diversión y la posibilidad de encontrarnos.


Creo que el ser humano contemporáneo necesita faros de ese tipo.


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