El Esplendor
- UNION: Espacio de prácticas

- 22 jul
- 3 min de lectura
Actualizado: 23 jul
Una mirada con los ojos cerrados al Bai He Liang Chi

Ma Yuan, Inmortal Riding a Dragon
“Blanca en el agua llana tras los juncos, la grulla blanca abre sus alas”. Así se refiere el poeta Sima Xiangru a una escena aparentemente inconexa de su rapsodia fundamental, Fu de Zixu, escrita en el siglo II antes de Cristo como parte de una tradición poética que tendía a lo hiperbólico y a la exposición de motivos, propia de una civilización que no tenía ninguna premura. Para el espectador occidental del siglo XXI, acuciado por el afán de sentido inmediato, esa poética puede parecer innecesaria y superflua, pues lo meramente ornamental carga un pesado fardo: se le acusa de no cumplir ninguna función social ni material en un mundo árido de poesía.
En una época en la que ya no tenemos ojos para leer, las artes marciales pueden ofrecernos una vía para seguir avivando el fuego de la presencia. Como practicante de Unión, no tengo aspiración ninguna diferente de alcanzar un estado de plenitud al atravesar el tatami, y por eso insto a los asistentes a prosternarse ante su negrura. Aunque, como muchos, llegué con el objetivo de entrenar Muay Thai, inmediatamente identifiqué la voluntad de sus gestores de crear un templo en el que la belleza fuera habitable y lo digo también en un sentido arquitectónico y espacial. Esa tregua (de la calle, de la vida, del televisor del local adjunto que borbotea ruido) me permitió consagrarme a una gama, cada vez más variada, de acciones del cuerpo entre las que se cuenta, en primer lugar, la acción de leer.
Los otros, lejos de representar figuras decorativas en el propio intento de transformar el cuerpo, son el catalizador de la presencia plena. Esa plenitud solo se alcanza en un ejercicio supremo de compasión: no cuando se da el golpe que revela la apertura en la guardia ajena, sino cuando se refrena, transformándolo en caricia. Venimos a Unión para leer y ser leídos. Venimos porque la carne puede ser interpretada: en ella residen nuestros miedos y nuestros anhelos, y sobre todos ellos se puede elevar una patada como un poema que debe ser leído con temple.Y aun así, listo como estaba para encarnar la belleza, no pude anticipar el esplendor que da nombre cuando contemplé la grulla.
Neófito absoluto en el Tai Chi, me dejé llevar por la invitación y, presentándome inerme, presencié el milagro. Desde el comienzo, el laoshi nos había enseñado que podíamos encarnar la práctica sin necesidad de un preludio formal: bastaban la respiración y la fluencia natural del cuerpo para ir alcanzando las figuras clásicas de la forma tradicional de los 103 movimientos del estilo Yang. Con el paso de los minutos se nos fueron revelando los nombres de cada movimiento; pero, lejos de sentir la angustia de la inmensidad de ese mar, me dediqué, como un niño, a disfrutar de la rompiente en la playa. Los nombres no solo se correspondían con las acciones del cuerpo, como el movimiento manos como nubes (Yun Shou), sino que directamente las elevaban. Y cuando digo elevar, me refiero a encarnar.
Porque el Tai Chi, lejos de pretender una trascendencia que desdoble al practicante y lo arroje fuera de este mundo, invita a la presencia de la mente en el instante del cuerpo, allí donde el vacío es sustancia. Se trata de una danza sin dioses etéreos en la que el propio movimiento ya es la pura manifestación de una divinidad inmanente. La consagración de esa intuición no sucedía en mi cabeza, sino en manos como nubes, y alcanzó su cumbre cuando el laoshi pronunció el nombre: La grulla blanca abre sus alas (Bai He Liang Chi).
La sugestión es una fuerza poderosa: el heraldo antecede al mensaje y dispone el cuerpo para recibirlo. El lenguaje posee una capacidad vivificante que no se limita a aquel sentido cabalístico según el cual quien pronuncia el Nombre engendra un mundo, sino que alcanza también ese otro aspecto animista del acto de nombrar: la facultad de darle forma a un contenido latente, como quien le susurra a la tierra para que de ella emerjan las cigarras dormidas.
No puedo saber qué hubiera sido de la experiencia si, por azar, me hubiera acercado al Tai Chi en otro espacio, y celebro la fortuna de haberlo alcanzado en Unión.
Blanca en el agua llana de mi mente, purificada por la presencia devota, pude encarnar la grulla. Entonces, el negro tatami se transformó en la superficie de mi propio sistema racional, que, colapsando hacia el afable abismo, elevó la Gracia hasta alcanzar mi mente sin límites.
Abiertas las alas al esplendor, todo se vació.
Colaborador: Ulises Escobar. Ü Es practicante de Unión y extravagante por naturaleza.
________________________________________________________
Si quieres colaborar en nuestro Blog, escríbenos a: uniondepracticas@gmail.com
*UNION: Espacio de prácticas agradece profundamente el tiempo, esfuerzo y tejido que supone compartir los saberes.



Comentarios